Influencia de la Iglesia Católica en la producción literaria de la Real Audiencia de Quito


INTRODUCCIÓN


Iglesia de San Diego, siglo XIX. Publicado en Le Tour du Monde. Ca. 1860. Fuente: delcampe.net


El territorio que formó parte de la Real Audiencia de Quito fue el escenario en el cual se desarrollaron innumerables culturas prehispánicas a lo largo de casi 10.000 años. Los primeros vestigios de presencia humana en el territorio del actual Ecuador se encuentran localizados en la costa sur, en la provincia de Santa Elena. Estos restos han sido identificados por los arqueólogos con el nombre de Las Vegas. A partir de entonces, decenas de civilizaciones se desarrollaron y evolucionaron a lo largo de milenios, alcanzando grandes logros en materia de agricultura, pesca, recolección, alfarería y orfebrería. El comercio y la navegación también fueron elementos fundamentales en las antiguas culturas prehispánicas de la Andinoamérica ecuatorial. Astros y ancestros formaron parte de su sistema de creencias, basados en el respeto y conocimiento ancestral de la Pachamama (Madre Tierra), así como también en el intercambio intercultural, sin embargo, todo este universo se vio afectado a raíz del arribo de los peninsulares a tierras americanas.

En medio de este mundo casi místico, los pueblos originarios desarrollaron una cultura muy diversa que incluyó a las artes como la danza, la música y la literatura. Sin embargo, hubo quienes a través de la historia, restaron valor a la producción literaria prehispánica por considerarla escaza de un valor estético como se consideraba a las letras europeas y porque además no estaba escrita en un lenguaje “culto”.

Cuando hablamos de la conquista española, es necesario hacer una reflexión sobre los acontecimientos, ya que una es la historia relatada desde la visión de los vencedores y otra muy distinta la de los vencidos.

Aunque los primeros contactos de los peninsulares en tierras ecuatoriales se produjeron hacia 1526, no fue sino hasta el establecimiento definitivo de los primeros colonizadores comandados por el conquistador Sebastián de Benalcázar, fundador de la villa de San Francisco de Quito en 1534, que se consolidó el nuevo orden político y social.

Tras la formación de las primeras ciudades, la mejor forma que los conquistadores usaron para consolidar su dominación en tierras americanas fue a través de la religión. Fueron cinco las principales órdenes religiosas que se establecieron paulatinamente en la ciudad, dedicadas a las tareas de evangelización urbana y rural, educación, cultura y misiones en cada una de las regiones desde la costa del Pacífico a los Andes y la cuenca amazónica. Así los mercedarios llegaron con el propio Benalcázar; los franciscanos están presentes desde comienzos de 1535; los dominicos se establecieron en 1541, los agustinos en 1573 y los jesuitas en 1586 (Salvador Lara, 2009).

En 1535 se inició la construcción del monasterio de San Francisco de Quito de la mano de los religiosos flamencos Fray Joos de Rijcke y Fray Pieter Gosseal y fue allí donde en 1551 se fundó la más antigua escuela de artes y oficios de América del Sur llamada San Juan Evangelista y a la que años más tarde se le cambió el nombre por el de San Andrés. Los franciscanos formaron en su interior a indígenas, enseñándoles la nueva fe, la lengua de los conquistadores, así como también las artes de la pintura y escultura.


Iglesia de San Francisco y convento homónimo donde funcionó la Escuela de San Juan Evangelista. (1895) Fuente: Fondo Nacional de Fotografía.


Este complejo proceso histórico significó para los españoles la expansión de sus territorios, del idioma castellano y de la religión católica. Fue asimismo para la historia universal, la difusión de la cultura occidental. Sin embargo, para los pueblos originarios, la conquista y colonización europeas son hechos que representaron una profunda transformación de sus formas de vida tradicionales, una ruptura de su cultura ancestral y la asimilación de nuevas costumbres y creencias.

LA IGLESIA Y SU PODER COLONIAL

Es imposible pensar en estudiar la época colonial en América sin referirse a la Iglesia Católica y el poder que llegó a acumular durante casi trescientos años y que ha logrado convertirla hoy en día en la religión más practicada en el continente desde México hasta Tierra del Fuego.

A finales del siglo XVI se instaura una fase de constitución de la sociedad colonial, delineadas e implantadas las instituciones novohispánicas y montados los aparatos de poder y los medios de ideologización (Rodríguez Castelo, 1984).

En este sentido es importante mencionar la influencia que tuvo la iglesia católica en el desarrollo cultural que se dio a partir de la fundación española de la villa franciscana y a lo largo de los siglos de dominación hispánica.

En toda la etapa colonial, el Estado tuvo el control de todo, desde los recursos naturales, la producción hasta la cultura y religión. La Iglesia Católica también estaba sometida al control de las autoridades estatales. Los soberanos ejercían el derecho llamado de “patronato” sobre la Iglesia de la América hispana. Como patronos se comprometían a protegerla y a dotarla de recursos, al tiempo que ejercían celosamente las atribuciones de nombrar y remover funcionarios, inclusive disponer sobre cuestiones de culto. La Iglesia estaba firmemente enquistada en el aparato estatal colonial y ejercía un virtual monopolio de la dimensión ideológica de la sociedad (Ayala Mora, 2008).

Así podemos decir que aunque España centró en sí el poder político; en lo social, la iglesia pesó a lo largo de todo este período decisivamente (Rodríguez Castelo, 1984).

El complejo proceso de mestizaje produjo una sociedad llena de contradicciones. Los indígenas evangelizados tuvieron que luchar por preservar su cultura oculta bajo el velo del catolicismo, como puede verse en las fiestas populares donde los símbolos profanos andinos se pierden entre aquellos que se dicen cristianos, pero que en realidad también reflejaban la simbiosis cultural que sufrió la Península Ibérica antes de entrar a la Edad Modena entre los siglos XV y XVI. De igual forma aparecieron los mestizos que tuvieron que ir construyendo una identidad a partir de todas las influencias que tenían alrededor y, por otro lado estaban los españoles que, alejados de su tierra natal tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones de vida, desarrollando una nueva cultura lejos de la Metrópoli.


Una procesión religiosa en la plaza mayor de Quito. Óleo sobre lienzo. Autor anónimo. Siglo XIX. Colección del Museo del Banco de la República, Bogotá. 


La sociedad colonial no era simplemente la sociedad hispánica trasladada al Nuevo Mundo sino enriquecida, al mismo tiempo, por los usos y costumbres de los pueblos sometidos (Carrera Andrade, 1996).

LA IGLESIA Y LA EDUCACIÓN


En medio de este enmarañado engranaje social se desarrollaron las artes y las ciencias, ambas de la mano de instituciones educativas que estaban regidas por las órdenes religiosas. Si bien los indígenas y mestizos tuvieron acceso a una educación artística en conventos como San Francisco de la mano de Pieter Gosseal y en Santo Domingo con Fray Pedro Bedón, la educación de las letras y ciencias estaba únicamente dirigida a las élites dominantes compuestas por españoles y criollos.

Una vez organizada la vida colonial las tareas pedagógicas estuvieron en manos de los religiosos, necesariamente ellos eran los más aptos para ese propósito si tomamos en cuenta que los primeros inmigrantes peninsulares que venían a la pacificación de estos territorios y a radicarse como sus vecinos tenían más de aventureros y guerreros que de maestros y pedagogos (Moreno Egas, 2001).

Además de las escuelas y colegios, tres fueron los centros de formación superior que existieron en Quito durante la colonia. La Universidad de San Fulgencio, fundada por los frailes agustinos el 20 de agosto de 1586; la de San Gregorio Magno, fundada por los padres jesuitas, el 15 de septiembre de 1622; y la de Santo Tomás, fundada por los padres dominicos en 1786, poco después de que cerrara la Universidad de San Gregorio tras la expulsión de la Compañía de Jesús (Salvador Lara, 2009).


Biblioteca del convento de Santo Domingo, construído entre 1581 a 1688. Foto: Archivo propio.

LA IGLESIA Y LAS LETRAS


Desde finales del siglo XVI, Quito ya se perfilaba como una de las ciudades más dinámicas del Virreinato del Perú en términos de arte, ya que las hábiles manos de artífices locales empezaron a presentar síntomas de un próspero desarrollo en la pintura, escultura y arquitectura. Las iglesias y conventos de la capital de la Real Audiencia de Quito, así como de otras villas más pequeñas como Cuenca o Riobamba, dieron muestras de una ebullición de artistas que conformaron lo que hoy se conoce como “Escuela Quiteña”. Dentro de esto, la poesía y las letras no podían dejar de florecer.

El período colonial se destacó principalmente por el estilo barroco que prevaleció en distintas facetas. Los rasgos básicos del estilo barroco se transmitieron a América fundamentalmente por medio de la enseñanza de los religiosos, que utilizaban libros o estampas que contenían obras realizadas por artistas europeos (Jiménez & González, 2013). Las manifestaciones literarias salían de la pluma de clérigos, y sólo al final de ese periodo colonial, aparecieron las creaciones de los laicos (Varios, 2014).

Algo interesante y poco difundido es la participación de las mujeres en el origen de las letras castellanas en Quito. Después de la primera poetisa ecuatoriana, doña Jerónima Velasco, citada en unos versos de Lope de Vega y mencionada por Luis Gallo Almeida en Literatos Ecuatorianos, sin que se tengan mayores informaciones sobre su biografía y sus obras, se conoce también a la carmelita Teresa Cepeda de Fuentes (1566-1610), sobrina de Santa Teresa de Jesús (Ballesteros Rosas, 1997).

Redondillas, coplas o dísticos anónimos de intención coyuntural, poemas de temática religiosa y también algunos elogios a los remotos acontecimientos de la monarquía española son los textos que han quedado para la historia.

Debido a que la vida monástica de las ciudades coloniales se desarrolló alrededor del culto católico, la oratoria sagrada fue el medio normal para conseguir que la cultura trascendiese a la comunidad social (Vargas, 1965). El señor de la Peña, en el Sínodo Quitense de 1570, dio normas, tanto para la enseñanza de la catequesis como para la predicación al núcleo de españoles y criollos. Así fue como se estableció en el calendario litúrgico, las fiestas oficiales en que debían predicar los párrocos al pueblo. En la organización del culto en la Catedral formuló el orden de Sermones, distribuyendo su prédica entre las comunidades religiosas.

Del siglo XVII se han recopilado hasta el presente, tan sólo cuatro referencias de sermones que fueron impresos. La primera es la oración fúnebre del padre Alonso de Rojas en las honras de Mariana de Jesús, que se imprimió en Lima el año de 1646. La segunda es el Panegírico de San José, predicado en la Iglesia de la Merced, por el padre dominico fray Juan de Isturizaga, que vio la luz en Lima el año de 1652. La tercera, la colección impresa en Lima en 1688 de tres sermones predicados por don Francisco Rodríguez Fernández, sobre la maternidad de María, en la iglesia de la Concepción el año de 1680, acerca de Santa Gertrudis en la iglesia de San Agustín en noviembre de 1680 y en Lima, entre 1687 y 1688, a los desagravios de Nuestra Señora del Aviso. La cuarta es la Exhortación panegírica y moral en las rogativas que hizo la Real Audiencia y la ciudad de Quito, por causa de los terremotos que ha padecido la ciudad de Lima (Vargas, 1965), que predicó el día sexto del Novenario el muy reverendo padre maestro Pedro de Rojas y fue impresa en Lima el año de 1689.

En el campo poético, se debe señalar que en 1612 se organizó un certamen por la muerte de la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en el cual triunfó el poeta Manuel Hurtado con la glosa de una quintilla. En 1675 apareció el “Ramillete de varias flores poéticas, escogidas y cultivadas en los primeros abriles de sus años por el maestro Xacinto de Evia, natural de Guayaquil” con producciones poéticas, fuertemente influenciadas por Góngora, de varios alumnos del colegio de los jesuitas en Quito, entre ellos el mismo Evia, su maestro y paisano el padre Antonio Bastidas y el bogotano Rodríguez Camargo (Salvador Lara, 2009).

Otros destacados cultores de las letras en el siglo XVII fueron los religiosos quiteños Juan Machado de Chávez, autor de Perfecto confesor y cura de almas, publicado en Barcelona en 1641 y el fraile agustino Gaspar de Villarroel, predicador en las cortes de Madrid y Lisboa y autor de renombrados libros, entre los que destacan Gobierno Eclesiástico y Pacífico y Unión de los cuchillos pontificio y regio (1656), en los que se demuestra cultor insigne de castiza prosa (Salvador Lara, 2009).

También tenemos al religioso natural de Quito Fray José Maldonado, autor de El más escondido retiro del alma que publicó en Zaragoza en 1649; al obispo de Quito Alonso de la Peña y Montenegro, autor de Itinerarios para párrocos de indios (1668); y al jesuita riobambeño Pedro Mercado, autor de la Historia de la Provincia del Nuevo Reyno y Quito de la Compañía de Jesús, obra terminada en 1685, pero recién publicada en el siglo XX.

Entre las religiosas quiteñas del siglo XVII, cabe resaltar los escritos de Sor Gertrudis de San Ildefonso, quien destacó como prosista de la Colonia (Larco Chacón, 2000). De ella el historiador Hernán Rodríguez Castelo recopiló este fragmento plagado de cierto erotismo y sensualidad:

“Hombre admirable, de lindo y perfecto cuerpo, más que toda ponderación puede declarar. Lo cándido de su cuerpo, cuello y manos excedía a los lampos de la nieve. Rostro bello y agraciado, blanco, puro, terso; más que el cristal refulgente. Frente capaz y serena. Ojos, zarcos, rasgados y hermosos; nariz también agraciada, que dos mejillas, blandamente rosadas le dejan jurisdicción cada una, en sus labios vertiendo carmesí. Y barba bien poblada, con agradable división a lo nazareno; hacía todo lo florido de su divino rostro una singular hermosura y un cielo abreviado. El cabello ondeado, castaño y color de avellana; se terminaba sobre el hombro; cuyo color aumentaba no sé qué gracejo a tanta lindeza” (Ponce, 1997)

LA IGLESIA Y LA ILUSTRACIÓN: ENTRE LA FE Y LA RAZÓN

Al comenzar el siglo XVIII, el pensamiento universitario quiteño se encontraba envuelto en la escolástica decadente de la época (Romero, 2003). En 1706, los jesuitas habían desechado de sus aulas el sistema cartesiano, aunque se conoce que entre 1712 a 1721, los religiosos José Nieto Polo y Esteban Ferriol enseñaron este sistema en sus clases de filosofía. Esto sin duda significó el inicio de una nueva forma de pensar al interior de las aulas de las universidades quiteñas.

Pero ya para la década de 1740, los profesores de la universidad de San Gregorio Magno empezaron a enseñar las tesis de Copérnico, Galileo, Kepler, Ticho Brahe y Newton, así como las doctrinas de Bacon, Descartes, Spinoza y Leibniz.

En pleno siglo XVIII, los jesuitas se convirtieron en la orden religiosa que más aportó a la educación colonial y al desarrollo de las ciencias de tipo humanista. Como muestra de ello se debe mencionar que en 1754 trajeron la primera imprenta a Ambato que cinco años más tarde trasladaron a Quito.


Iglesia de la Compañía de Jesús. Los jesuitas fundaron en 1622 una de las más importantes universidades coloniales de América del Sur. Foto: Archivo personal.

En 1736 llegó la ilustración francesa a Quito de la mano de los geodésicos franceses liderados por el sabio Charles Marie de la Condamine. La llegada de estos ilustres viajeros galos a la Real Audiencia de Quito, significó un cambio en la ciencia, además de influenciar notablemente en el pensamiento y desarrollo intelectual de estos territorios. Aquí conocieron al geógrafo riobambeño Pedro Vicente Maldonado, primero en elaborar una carta geográfica de la audiencia, y construir el camino que unía Quito con Esmeraldas.

Sin embargo, pese a la nueva cultura ilustrada que se estaba forjando al interior de la élite local, la Iglesia siguió teniendo un fuerte poder sobre diversos aspectos de la vida cotidiana de los habitantes coloniales, aunque la educación se debatía entre la fe y la razón. En esta época figuró con fama de predicador el Dr. Ignacio de Chiriboga y Daza (1680-1748) que en 1730 era cura párroco de San Blas y luego Canónigo de la Catedral de Quito y examinador sinodal de su obispado (Pérez Pimentel, s/f). En 1739 publicó en Madrid un tomo de “Sermones”. Murió en 1748 y seis años después se comenzó a editar la serie de las “Cartas Eruditas”.

Pero esta efervescencia cultural y educativa se vio interrumpida cuando el Rey Carlos III de Borbón decretó en 1767 la expulsión de los jesuitas de todas sus colonias americanas. Aunque esto significó un duro golpe a las letras y ciencias quitenses, entre los jesuitas desterrados tenemos Juan Bautista Aguirre, nacido en Daule y considerado el más insigne poeta colonial y al padre riobambeño Juan de Velasco, quien en 1789 logró culminar en Faenza, Italia su famosa obra Historia del Reino de Quito en la América Meridional, primer intento por recopilar la historia de la región ecuatorial de América en una gran obra monumental.

La expulsión de dicha orden religiosa, no obstante, permitió de cierto modo el surgimiento de un nuevo pensamiento que se fue gestando al interior de la nueva Universidad Pública de Santo Tomás, cuya biblioteca fue dirigida por Eugenio Espejo, considerado el primer ideólogo de la independencia de España. Sus obras tales como Nuevo Luciano de Quito (1779), Reflexiones acerca de un método para preservar a los pueblos de la viruela (1785), Cartas Riobambenses (1787), Discurso sobre la necesidad de establecer una sociedad patriótica con el nombre de "Escuela de la Concordia" (1789) fueron verdaderas críticas al sistema político, social y cultural decadente que imperaba en el tiempo que le tocó vivir.

Esto significó la transición de la literatura de tipo monacal y mística a una de carácter científico y político que marcó los inicios de la modernidad en el siglo XIX.

Trabajos citados

  • Ayala Mora, E. (2008). Resumen de la Historia del Ecuador. Quito: Corporación Editora Nacional.
  • Ballesteros Rosas, L. (1997). La escritora en la sociedad latinoamericana. Santiago de Cali: Universidad del Valle.
  • Carrera Andrade, J. (1996). Lectura crítica de la literatura americana: La formación de las culturas nacionales. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
  • Jiménez, P., & González, M. F. (19 de 2 de 2013). Literatura barroca latinoamericana. Recuperado el 9 de 11 de 2014, de Literatura para Paulistas:
  • http://literaturaparapaulistas.blogspot.com/2013/02/literatura-barroca-latinoamericana_19.html
  • Larco Chacón, C. (2000). Mariana de Jesús en el siglo XVII: santidad y regulación social. Procesos, Revista ecuatoriana de Historia. , 72.
  • Moreno Egas, J. (2001). La educación durante la época colonial: escuelas, colegios, seminarios y universidades. En J. Salvador Lara, Historia de la Iglesia Católica en el Ecuador (pág. 131). Quito: Abya Yala.
  • Pérez Pimentel, R. (s/f). Chiriboga Daza Ignacio. Recuperado el 10 de Noviembre de 2014, de Archivo Biográfico Ecuador: http://www.archivobiograficoecuador.com/tomos/tomo1/Chiriboga-Daza-Ignacio.htm
  • Ponce, J. (1997). Ars Erótica, el erotismo en el arte y la literatura del Ecuador. Quito: Dinediciones.
  • Rodríguez Castelo, H. (1984). Letras de la Audiencia de Quito, período jesuítico. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
  • Romero, X. (2003). Quito en los ojos de los viajeros: el siglo de la Ilustración. Quito: Abya Yala.
  • Salvador Lara, J. (2009). Historia de Quito "Luz de América". Quito: Editorial TRAMA - FONSAL.
  • Vargas, J. M. (1965). Historia de la Cultura Ecuatoriana. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana.
  • Varios, A. (2014 de Abril de 2014). Literatura de la Colonia. Recuperado el 10 de Noviembre de 2014, de Literatura y Escritores.: http://www.literaturayescritores.com/literatura-ecuatoriana/literatura-de-la-colonia/

 

 

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